Creo que uno de los momentos más complicados en la vida de una persona, suele ser el encontrarse siendo un adolescente, rondando los 18 años de edad, con poco o nulo conocimiento sobre la realidad de la adultez, a punto de terminar la preparatoria y con la necesidad de responder a los demás en la escuela, en las comidas o en las reuniones familiares las típicas e insistentes preguntas, como: “Y… ¿ya sabes a qué te vas a dedicar?”, “¿qué carrera vas a estudiar?”. Esto es algo difícil de hacer, ya sea porque tienes una idea muy firme pero que no complace a los demás, o tienes muchas y eres indeciso, o por el contrario, aún no tienes ni la menor idea de qué hacer con tu vida.
Como muchos, yo tuve que enfrentarme a esta situación y, para hacerlo, contaba con mis valiosas aunque accidentadas experiencias estudiando diversas cosas en la preparatoria. Para mis primeros semestres, tenía ya un gusto por la química que había adquirido desde tercer grado de secundaria por un gran profesor que tuve y, aunque el gusto por mis clases de química seguía presente, debido a un conjunto de casualidades, terminé inscrito en un concurso de conocimiento para el cual fui preparado por una maravillosa maestra en cuestiones básicas de ética, filosofía y sociología. Después, en los semestres medios, debido a uno de esos dilemas adolescentes que uno tiene con su primer amor, terminé estudiando algo de música y arte en general. Este fue un periodo muy importante que me dejó fuertes lecciones de vida. Después de eso, aunque seguí estudiando artes hasta casi finalizar la escuela, para mi último año debía escoger un área que me preparara para mi futura carrera universitaria y ante esas circunstancias, elegí el área de “Ciencias Exactas”. Escogí esta opción porque el área “Biológica y de salud” no terminaba de encajar conmigo, la “Económico-Administrativa” honestamente no era de mi interés y de la de “Humanidades” ya tenía una idea de cómo sería. En ese entonces, mis conocimientos en física y matemáticas me posicionaban en una escala entre regular y bueno, por lo que creí que tal vez no me iría tan mal.
Este último año de preparatoria fue especial porque representó una época de reencuentro conmigo mismo, creo que más que nunca debía ser capaz de definir mis gustos, mis intereses, mis metas y qué tipo de persona quería ser. De pronto, era momento de escoger una universidad y una carrera. Recuerdo que la mayoría de mis compañeros de área querían ser arquitectos o ingenieros. La arquitectura para mí no era una opción porque siempre odié el dibujo técnico, entonces, quedaba estudiar alguna ingeniería. Tenía sentido, ya que la mayoría de nuestros maestros eran ingenieros. Yo me planteé estudiar Ingeniería Química, pero contemplando todos los pros y contras, terminé optando por estudiar Ingeniería en Instrumentación Electrónica, que era mi segunda opción. Antes de esta decisión, consideré estudiar Nanotecnología ya que sonaba muy prometedor, sin embargo, esto significaba pasar un proceso complicado de admisión y trasladarme a otra ciudad bastante lejana. Al final, por motivos entre personales y económicos descarté las opciones fuera de mi ciudad, por lo que en mi mente todo se redujo a estudiar Ingeniería en Instrumentación Electrónica.
En el transcurso de los días posteriores al pago del examen de admisión, como resultado de un proceso de reflexión y de autoconocimiento, descubrí que no quería ser ingeniero, que realmente no me visualizaba como uno, que aunque todo el mundo decía que les iba bien económicamente y que siendo uno podría aplicar mis conocimientos para aportar algo a la sociedad, había una especie de vacío inexplicable detrás de ese camino. Fue entonces que vinieron a mí una cadena de recuerdos: el primero, un libro que unos meses antes me había regalado mi padre, titulado Todo es cuestión de Química y ese libro, a su vez, me recordó a mis primeras clases de química en la secundaria, específicamente a cuando aquél gran profesor explicó los modelos atómicos de Rutherford y de Bohr, los protones, neutrones y electrones, así como los niveles de energía. Recuerdo lo maravillado que estaba cuando me dijeron que toda la materia, es decir, todo lo que me rodeaba, estaba compuesto de moléculas formadas por esos átomos. El saber de qué elementos estaba constituido un objeto, cómo se enlazaban esos átomos al interactuar sus electrones, qué acomodo tenían las moléculas resultantes y cómo se comportaban, me permitirían deducir las propiedades de dicho objeto a nivel macroscópico, tales como: su forma, su color, su sabor, su dureza, su maleabilidad, su conductividad y sus posibles cambios de estado; por mencionar algunas cosas. En ese entonces me hizo pensar que entendiendo a esos átomos y a sus partículas fundamentales, podría entenderlo todo. A partir de eso, supe que el ser capaz de entender la naturaleza del mundo, el poder darle una respuesta a esa inmensa variedad de interrogaciones que me hacía constantemente, era lo que realmente me llenaba.
Ya desde hace un tiempo atrás, por medio de videos de físicos divulgadores fue que comprendí que la física estaba en la base del todo, ya que estudia la materia, la energía, el tiempo, el espacio y que sólo ella sería capaz de aproximarse lo más posible a dar respuesta a las preguntas más fundamentales sobre todo cuanto existe. Pude ver que la química había llegado a mí como una buena amiga a darme ese primer empujón para despertar mi curiosidad e impulsarme hacia la ciencia. Agradezco a ese profesor de química de secundaria por mostrarme el concepto que cambiaría mi vida, a los divulgadores científicos por compartir un poco de sus conocimientos y así poder guiarme hacia lo que de verdad quería y a mi padre por haberme obsequiado el libro que, sin saberlo, fue uno de los mejores regalos que me pudo dar.